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Por Jahaira Barradas Maldonado


Alguna vez me pregunté qué tan cierto es lo que muchos en el ramo dicen por ahí; que todo reportero o quien busca serlo, debe correr con algo de suerte. Suerte de la buena.

Parecía alguna  frase más, dicha y proliferada por los colegas que  aconsejan a los nuevos reporteros sobre el difícil campo del quehacer periodístico, y cómo no morir en el intento, o por lo menos escurrirse sin lesiones de gravedad.

Todo sucedió a partir de un hombre mayor al que conocí, aunque no lo crean, en la iglesia.  Más que inteligente, don Ignacio es sabio; culto y muy simpático, aunque  por demás parlanchín y vanidoso. No era la figura del hombre lo que me interesó, sino todo lo que podía decirme y que de hecho, lo hizo.

Caminábamos en el atrio de la Catedral de Puebla; amarrando el último tema de nuestra conversación, cuando yo, sin saber lo que pasaría después que le dijera lo que estaba por decirle, se lo dije: “Muchas gracias señor, pero tengo que retirarme, debo ir al museo de los hermanos Serdán”

¿Vas al museo Serdán?, él lo reparó- me dijo el señor Ignacio, mientras señalaba  con su corto y chueco dedo índice  a un hombre algo robusto de piel acanelada, color  con el que coincidían las gafas de sol que llevaba puestas. No vestía nada ostentoso, podría pensarse que para él era uno de esos días grises en lo que te pones lo que sea, con tal de no salir en cueros, o simplemente es uno de esos intelectuales contemporáneos que tratan de pasar desapercibido.

“Deja te lo presento, es el maestro Sergio de la Luz Verdejo, un hombre de fe también  (así como él lo es); ha sido curador del Museo Amparo, director de obras públicas, participa en modificaciones para la Catedral,  reparó el Teatro Principal, la casa del Alfeñique, el Museo Bello y ahora el museo de los Hermanos Serdán, te lo voy a presentar para que lo entrevistes, él sabe mucho”. Me dijo don Ignacio mientras yo trataba de explicarme el punto aquel del que hablaba, el de la buena suerte. Obviamente sólo en mi cabeza.

Nos acercábamos a aquel que se recargaba en una de las bardas que amurallan la catedral, el señor Sergio; quien platicaba con otras dos personas, un hombre y una mujer. Según don Ignacio podría preguntarle lo que quisiera, no sin antes de que él me lo presentara.

Lo alcanzamos y ellos se saludaron como lo hacen dos buenos amigos, arreglaron un adeudo que tenían entre ellos, y don Ignacio le dijo: “Te presento a esta niña, es estudiante de Periodismo de la UPAEP, te quiere hacer unas preguntas, tú dile”. Le dijo como si fuéramos él y yo, conocidos de toda la vida.

“¿Ah sí?” preguntó confuso Sergio  “¿y qué me quieres preguntar, eh?” dijo refiriéndose a mí, pero no le pude responder porque apenas intentaba abrir la boca cuando don Ignacio le dijo “es sobre la restauración del Museo Serdán, ya le dije que tú lo reparaste, igual que el teatro principal, la Casa del Alfeñique…y repitió una vez más parte de su currículum vitae, como para que no me quedara duda sobre con quiénes se relaciona.

“Si ya le dije que se junte conmigo- hablaba de mí- a ver qué podemos hacer” dijo Don Ignacio a de la Luz mientras se marchaba; porque había terminado con lo que tenía que hacer, presentarnos y además porque tenía una cita para tomar el café con un cliente, en los portales del zócalo capitalino.

Fue entonces que ya sin don Ignacio ni los otros dos sujetos que estaban con él antes que yo, me dijo:

“Pues mira, la restauración del Museo de los Hermanos Serdán fue muy completa: se restauró la caballeriza, la tienda de zapatos, el cuarto desde dónde se dio el tiroteo…en fin, eh. Fue una reestructuración completa, obviamente respetando las marcas de las balas y todas esas cosas importantes. Se hizo a partir de la celebración del Centenario de la Revolución y a favor de promover a Puebla como cuna de la Revolución mexicana, eh. Además de que hacía cuarenta años que no se le invertía un sólo peso a la casa, eh”.

“Déjame decirte que no sólo se restauró lo que es el museo, sino también las tumbas, los monumentos de bronce, las tumbas de plata, lo que es alusivo a esta celebración, eh. Todo por una iniciativa del Gobierno del  Estado de Puebla en conjunción con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)”

-          ¿Trabaja ahí? ¿de qué?- Le pregunté evidenciando la mayor de las ignorancias.

-          Soy perito del INAH y encargado de todas las restauraciones que se hacen, eh.

Yo seguía sin creer que, sin haberlo buscado o siquiera pensado, me topara con la persona indicada para la entrevista. Así que traté de que el día siguiera valiendo la pena; aunque tuviese que improvisar.

-          Yo he escuchado que el museo es muy bonito, la verdad es que todavía no lo conozco, me dirigía hacia allá hasta antes de conocerlo; ahora tendrá que ser después; pero leí en internet algunos comentarios de gente que sí ha ido, hay algunos alentadores y otros que sólo hablan mal, critican que todo es viejo y feo. Lo cual me parece curioso en una parte, no en que digan que es feo, porque cada quien tiene una opinión distinta de lo bello, pero viejo…si es un museo, qué no es lógico? – le pregunté.

-          Mira, lo que pasa es que la gente siempre se queja. Nunca está conforme con nada, eh. Pero contrario a lo que me dices, lo que se trató de hacer con esta remodelación es justamente integrar la modernidad con la antigüedad, eh. Hay una explicación y un contexto, que es lo que la mayoría de la gente no toma en cuenta eh. Hubo una normativa muy fuerte por parte del Estado sobre lo que se tenía que hacer. Se hicieron estudios para saber qué tipo de balas se utilizaron, desde qué posiciones dispararon, todo eso, ¿cómo ves, eh?

Decía mientras yo trataba de contar las veces que repetía la muletilla, ¿cuál era eh?, al mismo tiempo que trataba de escribir letra a letra hasta donde pudiese para después recurrir a la grabación.

-          Por eso, para la restauración del museo, se involucró el trabajo de muchas personas: arqueólogos, historiadores, antropólogos, políticos porque ellos pusieron la lana, eh. No fue un trabajo fácil ni improvisado. Se hizo por gente que sabe y no que cree saber, eh.

Esto último, lo dijo como refiriéndose a alguien en particular,  un charlatán del que, supuso estaría al tanto.  Lo cierto es que no, y no pregunté por no incomodarlo.

-          ¿usted cree entonces que se cumplió con el objetivo que tenía la restauración? ¿quedó como lo esperaba? – pregunté sin vacilar.

-          Sí, claro. Porque se trató de llegar a hacer un museo que en un momento dado la gente entienda y pueda sacar sus conclusiones del hecho, a partir de lo que vea en el Museo de los Hermanos Serdán, eh. Por eso insistimos en la creación del contexto, porque mucha gente cree y dice que la familia Serdán era pobre, y eso no es cierto, eh. No eran de abolengo, pero no vivían mal, eh. De hecho en esa época, la economía, por lo menos en la ciudad, estaba bien eh. No así en las periferias, pero digo ya habían coches eh, claro que predominaban las carretas pero ya los había, y coches muy buenos.

Me decía efusivo mientras entrabamos a la exposición fotográfica de la revolución, que se encuentra en el edificio del Palacio Municipal o Ayuntamiento en el zócalo poblano.

Hizo la parada y me detuve con él:

-          Mira esta foto, ¿ves cómo se vestía la gente? Hasta los niños pobres llevaban sombreros y zapatos, eh. Es por eso que digo que en ésa época los negocios a los que mejor les iba eran a las zapaterías y al  señor que vendía sombreros.- Dijo con una burla discreta dibujada en su sonrisa.

-          ¿tú ves ahora a la gente pobre vestir de esa manera, eh? – me preguntó, aunque conocía muy bien que mi respuesta era un rotundo no.

-          Es que desde la famosa revolución de los grupos anti reeleccionistas las cosas no han cambiado en nada, incluso son peores, eh. Critican mucho, pero el mayor turismo nacional se hizo en esa época, eh. La gente del norte, se venía a la capital, por las vías que construyó Don Porfirio Díaz para pelear contra él,-(dijo sarcásticamente)- y todo por unos sombreros, o camisas; como hacen ahora los políticos, ahí andan regalando, playeras, termos; todo por el poder. Por eso la revolución sigue y seguirá. Porque la lucha por el poder no ha parado y no va a parar. Y nadie puede decir que hay un orden para esto.

Evidentemente lo que comenzó siendo una abierta y extensa explicación sobre las razones del por qué los poblanos, mexicanos y cualquier individuo deberíamos de conocer los lugares emblemáticos de la cultura e historia no sólo de Puebla sino de un México confuso,  y lo que significaba el Museo de los hermanos Serdán para la reconstrucción del entendimiento de éstas dos, comenzaba a tornarse de una manera, como algunos dirían, poco más politizada; con agudos comentarios y declaraciones importantes.

Le pregunté a Sergio a manera de pregunta inocente, si consideraba que la historia tenía en el lugar merecido a los hermanos Serdán: Aquiles, Carmen y Máximo.

Tardó unos segundos y contestó que no.

“No por muchas razones. Porque muchos hablan de que la revolución inició el 20 de noviembre, ahora decimos que se adelantó para el 18, pero lo cierto es que estos grupos revolucionarios, tenían años planeando y pensando una estrategia de ataque, eh. Y efectivamente había un acuerdo para que estallara el 20 de noviembre de 1910, ¿pero te imaginas a Carmen viajando Houston en busca de armas? eh. Tuvo que ser una cosa sumamente complicada, debió de haber sido mucho trabajo. Y por otro lado, también estoy seguro que Aquiles no murió en el hoyo, lo mataron a quema ropa, eh. O sea, desgraciadamente un día estando ellos en su casa comiendo unos tamales, uno de los chavos fue, ahora sí que por los chescos y dejó la puerta abierta. Claro que el jefe de la policía que ya los andaba buscando, se asomó, Aquiles lo vio, se asustó y le disparó porque pensó que ya los habían descubierto pero no era así. Entonces los militares, porque fueron militares los asesinos, eh, llegaron también a la casa y los mataron, por eso se adelantaron los enfrentamientos eh, no porque se les haya ocurrido”.

Dijo mientras en su rostro se manifestaba una profunda inconformidad. Y yo, yo sólo veía, escuchaba y callaba.

Cuenta la historia del Museo de los Hermanos Serdán que desde la noche del 17 de noviembre, se escucharon ruidos extraños en los patios y azoteas de la casa, temerosas las familias Pérez de la Rosa y Rojas Nieto, que también habitaban en la casa Serdán, huyeron despavoridos a un intento de asesinato. Al día siguiente, muy de mañana, regresaron  Manuel Pérez Díaz y una de las sirvientas y, al ver que no había sucedido nada, entraron a la casa. Se cree que alguno de ellos sin querer, dejó la puerta entreabierta,  cosa que el jefe de la policía de aquel entonces el Mayor Fregoso, aprovechando esa única oportunidad, entró a la casa con varios policías y militares. Máximo Serdán que se encontraba en el techo con cinco o seis obreros, dispararon matando en primera instancia al Mayor.

Fue entonces que comenzaron cientos de balazos y entraron los militares a matar sin saber si eran conspiradores o no. Encontraron muerto misteriosamente a Aquiles Serdán y  es entonces que se declara el inicio del movimiento revolucionario en México.

-“Ahora tienes que ir tú a sacer tus propias conclusiones, porque las que te dije, esas son las mías”–

Me dijo el Señor Sergio mientras nos despedíamos, para ir cada quien a la próxima parada de las rutas históricas de la ciudad de Puebla, la de los ángeles.

Tú, si aún no conoces esta parte de tu cultura y tu historia, ya no debes seguir pasando más tiempo ignorándola, porque sólo fomentándolas, es que el México revolucionario, de gente instruida y pensante, renacerá de entre las cenizas.

Atrévete a dar un paseo en el pasado histórico del país; la experiencia es formidable. Cada cuarto en esa casa, tiene un regalo cultural que hacerte. Un secreto que revelarte. Porque la historia es fantástica, siempre y  cuando la conozcamos y reconozcamos.

Sólo tienes que pedirle al chofer de la ruta, el taxi, el aventón o lo que sea, que te dejen ahí, en el corazón de la ciudad, justo en la calle seis, marcada con el 206 del oriente de este bello centro histórico poblano.

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